Opinión Arquitectos

Arq. Lucía Vásconez

 

 

Cuando diseñamos y luego construimos un proyecto inmobiliario, los profesionales de esta área pensamos siempre en el usuario, en quien lo usará y disfrutará, en la composición familiar, si fuera vivienda; en las características de la empresa si fuera oficina o local comercial.

 

Trabajamos para los futuros propietarios muchas veces sin conocerlos, adivinando sus gustos y necesidades.

 

El diseño es la etapa de realización virtual del bien inmobiliario; se busca incorporar las mejores características estéticas, la belleza formal tanto como la funcionalidad, cuidando los costos. Programamos la realización para que se ejecute bien y en el menor tiempo posible. Posteriormente se concreta con la construcción del mismo en una relación estrecha con lo diseñado ya que lo especificado en los planos se colocará en la obra, tratando de tener mínimas modificaciones, pues cada una de ellas afectará los costos del bien.

Cualquier obra, la más perfecta en el campo técnico e incluso la más hermosa, no cumplirá su objetivo  si no es utilizada. Se convertiría en objeto de contemplación a manera de una escultura de gran escala, si no es vivida y disfrutada por los usuarios.

 

Bajo esta óptica cualquier bien no es para cualquier persona, casi diría que desde un inicio existe una correspondencia entre unos y otros. El papel del corretaje inmobiliario es encontrar esa correspondencia y concretarla.

 

Por este motivo es fundamental la intermediación inmobiliaria que une al bien con el usuario, que permite su interrelación y cumple los objetivos de la edificación. Satisface las necesidades de diseñadores, constructores y usuarios, y completa la cadena inmobiliaria.